Todo el amor del mundo con todas sus sangres y sus virus

Por Christopher Rey Pérez

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Christopher Rey Pérez es un escritor del Valle del Río Grande de Texas. Fue participante de La Práctica 2017-18, donde publicó “Compendio palestino-puertorriqueño en proceso”, que enreda temas de migración, lenguaje y cultura, y fue producido en La Impresora y presentado en Beta-Local. Participó en el 2019 con Beta-Local en un día de programación pública para la exhibición Mundos Alternos: Ciencia Ficción en Latinoamérica en el Museo Queens. Como parte de las actividades de esa exhibición, organizó un taller de edición en vivo de libros sobre el concepto ambiguo de la palabra “alien”, como extranjero y extraterrestre. Actualmente reside en Brooklyn. 

Para mi sobrino, Mercurio, a quien
vi volverse azul por la misma boca
que me estaba sonriendo

1.

         Imagina a Roberto Bolaño saliendo de un hospital en Barcelona. Rumbo a casa, piensa en torno a literatura y enfermedad. La doctora que le hizo las pruebas era bajita, como una “muñeca japonesa”. En algún momento, mientras lidia con el vértigo causado por un mundo desequilibrante de gente gateando, se pregunta si debe intentar tener sexo con esta misma doctora que le acompaña en un ascensor que es lo suficientemente grande para llevar en camilla a los desahuciados y recién fallecidos.

El novelista piensa en poemas al llegar a casa en Blanes después de un viaje en el que ponía las manos delante sus ojos, con el dorso hacia él, para ver si las podía mantener extendidas durante unos segundos. El cansancio no da ni para leer. Como fotogramas de una película indeterminada, las palabras “resignación”, “aburrimiento”, “derrota”, destellan detrás de sus ojos. Su esposa le pregunta cómo le fue en la visita. Responde que le gustaría visitar la tumba de Keats en el cementerio protestante de Roma. Ella no lo pela. Bolaño parpadea y dice, “Olvídalo. Quiero ir a Brasil para visitar el lugar donde encontraron la calavera de Mengele”.

En México, tenía disfunción eréctil durante la adolescencia. Aprendió los albures del país y comió comida china chafa. Recuerda cómo las palomas se cansaban del vuelo y se escondían dentro sus alas. “Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos”, alcanza a escribir cuando las palabras dejan de destellar y se acomodan una por una en varias hojas sueltas. “Pero el deseo de leer y de follar es infinito”, agrega. Quiere profundizar el pensamiento aunque está anocheciendo y no está seguro si las palabras fugaces durarán.

         Llega el momento un día en que la sangre deja de fluir a las partes más extremas del cuerpo y la muerte se encarga del resto. En fin, la enfermedad. Bolaño escribe, “Hoy, todo parece indicar que solo existen oasis de horror o que la deriva de todo oasis es hacia el horror”. ¿Qué vio dentro de todo oasis? ¿De qué tipo de horror hablaba? Al imaginar un mundo de “zombis” o “esclavizadores”, solo podría escribir sobre migrantes en tierras lejanas, nazis en las Américas, y algo más terrible que la vida en sí.

Eventualmente, el hospital sería el mundo que Bolaño visitaría con frecuencia. Las paredes blancas y asépticas, las luces fluorescentes, un niño calvo llevado de un cuarto a otro, recrean las ficciones distópicas que hemos imaginado, donde la higiene y la salud se unen a un mundo tan foráneo que excluye a aquel en el que estamos viviendo. Es tan inmaculado, este, pues solo el cuerpo se enferma y no su entorno. Muchas veces se piensa en un mundo así, sin suciedad, como un paraíso o lo que históricamente ha sido conocido como el primer mundo. Pero hasta en el primer mundo hay mugre.

Tomemos, por ejemplo, las fachadas de los hospitales más bellos que ocultan el trabajo taimado de la descomposición y el morbo. Una cosa es ver el cuerpo descomponiéndose con tus propios ojos y otra aceptar que la institución que te sutura empeora de igual manera. Para nosotros que hemos pasado tiempo en hospitales de Ramallah o Mérida o Chos Malal, ni mencionar los que están en las partes más duras del mundo, ver sangre en la sala de espera y un doctor fumando un cigarrillo han sido nuestra mejor oportunidad para remediar las dolencias y prolongar las enfermedades. El juramento hipocrático bajo el cual un doctor promete “realizar su vida y su arte con pureza y de acuerdo con la ley divina” parece el mejor verso que hemos escuchado y a lo que aspiran todos los versos: ser una promesa.

El dilema, desde luego, es que las promesas pocas veces se cumplen. Y de esto no tienen la culpa los doctores sino algo que es intrínseco en la ley. Aparte de la marcha del tiempo, se da cuenta también de todo lo demás que nos está matando y que el hospital solo funciona como el lugar donde múltiples factores, abarcando tanto la desigualdad sistémica como los escuadrones de la muerte, nos dejan sin defensa ante el fin. Esto no significa que no se puede hacer nada al respecto sobre aquellos factores. Solo enfatiza que al llegar al hospital, ya se ha hecho todo lo que se pudo para resistirlos. Y la verdad es que nadie quiere acabar en un hospital. Bolaño sabía que son lugares donde la sociedad aminora la vida ante su inminente crepúsculo. El escritor ofrece los siguientes versos en su poema, “Las Enfermeras”:

Una estela de enfermeras emprenden el regreso a casa. Protegido
por mis polaroid las observo ir y volver.
Ellas están protegidas por el crepúsculo.
Una estela de enfermeras y una estela de alacranes.
Van y vienen. 
¿A las siete de la tarde? ¿A las ocho
de la tarde? A veces alguna levanta la mano y me saluda. Luego alcanza
su coche, sin volverse, y desaparece
protegida por el crepúsculo como yo por mis polaroid.
Entre ambas indefensiones está el jarrón de Poe.
El florero sin fondo que contiene todos los crepúsculos,
todos los lentes negros, todos
los hospitales.

Confrontado con la totalidad de lo gótico—en su ensayo “Literatura + Enfermedad = Enfermedad” que inspira los párrafos iniciales del mío, Bolaño no solo introduce a Baudelaire, un traductor de Poe, sino también la idea de que cuando se lee un libro se han leído en efecto todos—el yo lírico del poema, que se supone es Bolaño o algún avatar suyo, apenas puede intervenir en la profundidad sin fin de este con un par de lentes negros que están igualmente consumidos por el oasis que deriva hacia el horror.

¿Qué quiero decir? O, más bien, ¿qué quiere decir Bolaño? Es difícil saber, ya que estaba enfermo. El mito del escritor indica que se sintió mal toda su vida. En el mismo ensayo en el que habla de su hígado deteriorándose, menciona los dolores de cabeza que le daban cuando era niño, la pérdida gradual de su dentadura, sus problemas estomacales de gastritis, y las demás cuestiones de salud que le perseguían por sus viajes desde Chile a México y luego España. Sin duda, la deriva del oasis escapándose más y más lejos de su alcance se habría sentido como un espejismo que opacaba la cuestión de si los oasis existen en primer lugar. Admito que es una manera morbosa de pensar en la enfermedad. Y no es necesario mencionar que afecta más que a nadie a los que Bolaño llama los condenados, a pesar de que gateen desde las regiones más enfermas de Latinoamérica o de otras partes a las afueras del gran hospital conocido como el primer mundo.

Cuando el chileno o cualquier migrante, un siriano o nigeriano, digamos, viaja para la promesa de un mundo hospitalario, ¿qué experimentan que no sea el morbo? ¿Tal vez una vida mejor, o si no, al menos una para su prole, aunque trabajan sin parar? Es posible que reciban atención médica, si se necesita, mientras que una herida más profunda permanece sin diagnosis. Habrá otra dieta con comida nueva, no cabe duda, y tal vez, lo que la poeta Concha Urquiza llama una “nostalgia de lo presente”, algo que suena como una paradoja en sí que responde a la razón por la cual el crepúsculo en el poema de Bolaño les protege a las enfermeras cuando deberían ser ellas las que nos protejan del avance del mismo.

Así que, en palabras de Bolaño o de Urquiza (“Suspiro por las cosas presentísimas, / y no por las que están en lontanzana”), el mensaje se mantiene igual. Hemos viajado al oasis o quizá todavía lo estamos alcanzando. Al llegar no se siente que estamos ahí o al menos no es lo que esperábamos. Como el florero de Poe, solo fue un sueño, un espejismo, el único mundo de salud lo suficientemente horrible para estar presente y “desprovisto de sentido” al mismo tiempo. Citando a Urquiza de nuevo, está desprovisto de “luz, color, y forma”.

         El mundo del hospital, con su interior estoico que sabe muy bien que en la mugre se esconde el diablo, sirve como un trasfondo vacío contra el cual la plenitud de la vida se vuelve absurda entre su propio llanto, mismo que se repite hasta disminuirse en eco. Después del último, finalmente llega la respuesta. Son los pasos que se escuchan por el suelo frío—el doctor con el pronóstico o la propia imagen del paciente que ha venido a decirle que en su tierra natal, donde el viaje largo comenzó, había un árbol que fue partido por un rayo, el mismo bajo el cual el paciente solía tomar la siesta. El árbol ya no existe porque se construyó un 7-11 en su lugar. Los ojos del paciente ahora se están cerrando y la imagen se ve borrosa en sus bordes. Cuando pregunta por qué se construyó un 7-11 en el medio de la nada donde se crió, la voz le responde que se construyó una calle después de que la municipalidad aprobó planes para una fábrica. O, que la tierra fue vendida, y que el pueblo entero, salvo la señora de la papelería, se mudó a la ciudad.

Y si cambiamos los detalles e imaginamos a otro paciente de otro mundo, entonces la voz del olvido susurra que jamás hubo un árbol que fue partido por un rayo. La nostalgia del paciente por la papelería de la esquina se debe al tiempo que ha pasado en el exterior. En realidad, la viejita que le vendía bolígrafos rojos murió de tuberculosis poco después de que él se lanzara a cruzar la frontera con los Estados Unidos, escondido en la cajuela de un carro. La papelería y el resto de la cuadra fueron demolidas para construir un Tok’s.